La calle del parque estrecho con un suelo precario; estropeado de
recuerdos y perdidas. Y caminaba, mientras lo atravesaba recordaba; esos
instantes pasados dentro de la cornucopia de remembranzas. Encontraba las
cuatro esquinas vacías en esa tarde lluviosa, sólo mis pies estaban presentes
ahí. Escurría no sé qué tanta cantidad de agua, o acaso eran las nubes llorando?
Sentía resquebrajarme por dentro, y
pedazos caer junto con las gotas de lluvia; el sonido parecía un perfecto
acorde. Ahora entiendo mi sufrir. He decidido aplazar cada momento para lo
último, y termino quedándome con nada. La nada me abraza y rechaza cualquier
ocasión de dicha.
Sólo seguirán existiendo tres puntos
suspensivos, porque será un anhelo más. Gotas de sal filtradas de unos ojos
carcomidos por el invierno desolador. Miro al cielo y las estrellas se han
marchado a su rincón cosmológico.
La calle esta golpeada a causa del viento
que recoge alegrías ligeras a la espera del momento ocasional que no llegará.
Ese momento nunca pasará, el roció lo dice con su ligero paso por la hierba
fina del lugar.
La mente procrea un esperanzador
instante, sólo uno y su respuesta: en otra ocasión será...
Y qué será? ... Similar al remordimiento
de postergar hoy con el mañana inseguro, alimentando la incertidumbre de los
días. Y aunque aparezca la intención no será suficiente sino hasta que alce la
mirada al cielo y haya cumplido promesas. El sol no saldrá hasta que esa
oscuridad determine marcharse y el invierno de paso al verano, cómo la noche al
sol.
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