Día dos: lenguaje corporal.
De solo pensar en tu piel, se erizan mis bellos, aprenden a
colocarse firmes. Y rodeando las calles el perfume de tu cuello se dirigió hacia el
olfato; directo al sentido más agudo. Pude comprender al voltear la esquina de la vieja calle, el
momento crucial de recibir a mi pecho recuerdos de nuestros viernes.
Cuando imposibilitaba el tiempo alrededor, lo entregaba a ambos. Decidía
escuchar tus quejas, arrullarme en tus brazos y ver estrellas entorno a nuestro
pedazo de cielo; allí emergían caricias incesantes. La atracción de dos
seres inevitables a revelar el fuego interno. Algo consumía las entrañas y me
preguntaba: ¿Qué era tanto ajetreo en el vientre? No comprendí que el causante
era el fuego. Sin embargo caminaba de su brazo, sentía una fuerza de querer
abrazarlo, deslizar mis dedos por su espalda, rozándole una porción de lo que
causaba estremecerme por sus besos.
Deslizaba los labios en movimiento ondulatorio para hallar los suyos y ahí nos encontramos la primera vez. Las miradas entendidas del momento, reflejaban el querer. Porque aun sentados frente a la noche nuestros cuerpos hablaban lo que no podría decir la razón. El lenguaje entonces eran caricias.
Deslizaba los labios en movimiento ondulatorio para hallar los suyos y ahí nos encontramos la primera vez. Las miradas entendidas del momento, reflejaban el querer. Porque aun sentados frente a la noche nuestros cuerpos hablaban lo que no podría decir la razón. El lenguaje entonces eran caricias.
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